Martes, 7 / agosto / 2018


La seguridad como sistema, en columna de Rosario Avilés

Recientemente han ocurrido algunos eventos que —en opinión de varios actores— ponen en tela de juicio la seguridad de las operaciones aéreas en nuestro país. Al accidente de Global Air (o cualquiera de sus alias), se aúna el recuento que hiciera el Colegio de Pilotos sobre los accidentes e incidentes en la aviación general y, como corolario, está el llamado “milagro de Durango” donde, a fuerza de la investigación que apenas empieza, no hay muchas conclusiones que sacar todavía pero forma parte del mismo sistema.

Pero lo que sí podemos decir es que nuestro país necesita trabajar seriamente en el tema de la seguridad operacional. No es un problema de una sola administración ni de un evento específico, es un largo camino que por diferentes razones nos ha llevado a un punto que requiere rectificaciones, y que si no se dan pueden llevarnos a un punto indeseable, como el descenso a la categoría II de la Agencia Federal de Aviación de los Estados Unidos (FAA) o la lista negra europea.

El caso más escandaloso fue el de Global Air, del cual ya hemos dado cuenta profusamente en este espacio. Aunque el accidente en sí ha sido ampliamente comentado, lo importante son las condiciones que permiten que haya irregularidades de diversos tipos en empresas con operaciones aéreas. Es decir, el accidente de La Habana sólo desnudó un asunto de mayor profundidad y a eso es lo que deberíamos atender como país.

Esto mismo se ve apuntalado con lo que el Colegio de Pilotos Aviadores de México denunció (y de lo cual también se había comentado aquí mismo), pues habla de un clima que permite este tipo de situaciones y que, además, va en aumento.

Sobre el accidente del vuelo 2431 de Aeroméxico Connect en Durango, ocurrido el 31 de julio, es poco lo que puede decirse aún, pues falta la investigación, pero hay ciertas cosas que empiezan a salir a la luz. Si bien algunos consideran que la decisión de despegar fue temeraria, lo que sí queda muy claro es que ya en la emergencia, se mostró un comandante entrenado que logró salvar a sus pasajeros y a su tripulación aún a costa de su integridad física. Mención especial merece el excelente trabajo del copiloto y las sobrecargos en la conducción de las labores de salvamento.

Sin embargo, tenemos en todo esto un entorno que debe revisarse. Sabemos de las presiones sobre los pilotos para salir a tiempo por la gran saturación que tiene el Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México (AICM). Cada retraso se vuelve una cascada de demoras que repercute en el resto, el trabajo de los controladores también se ve comprometido no sólo por esa saturación, sino por la falta de plazas para cubrir a los que se van jubilando y no se diga los que se requieren con el crecimiento del tráfico aéreo.

Esta idea de que se recorten las plazas “de base” con criterios que Hacienda aplica a muchas áreas de la administración pública, puede ser mortal en casos como el de las operaciones aéreas. Desde el accidente de Mouriño se ha insistido en esto.

Por otra parte, no es menos urgente la demanda del nuevo secretario general de ASPA, Rafael Díaz Covarrubias, sobre una agencia de investigación de accidentes autónoma: necesitamos un grupo de expertos que investigue y que haga recomendaciones sin temer represalias.

Tenemos que crear y fortalecer un sistema de seguridad operacional, como parte de esa reingeniería de la aviación que ya apuntado a Don Javier Jiménez Espriú para el nuevo gobierno. Lo necesitamos porque sin seguridad no hay aviación.

Fuente
Crónica
http://www.cronica.com.mx/notas/2018/1089610.html